CAPÍTULO I
De cuando Cagaldabas llegó a la plaza de Astorcul
Cagaldabas andaba buscando lo que necesitaba, tenía un bonito nombre, todos los de por allí habrían querido llamarse así, en su lengua natal significaba “El que es escupido por una vagina sucia.
Sin darse cuenta había llegado a unas construcciones que parecían como si en medio de la nada hubieran puesto algo así como la plaza de un pueblo, con una sola fila de casas en forma de circunferencia alrededor de ésta, completamente vacía y algo fantasmagórica, sin calles después de esa primera fila de casas que pudieran llevar a algún sitio.
Cagaldabas no esperó mucho, se acercó a una de las paredes de las casas donde había una inscripción que, cuando se percató de que estaba firmada por Epoe se puso muy nervioso y titubeó. No podía leer lo que allí ponía y entonces empezó a escuchar aquellos gritos de hombre desnudo y atado que provenían del interior de una de las casas derruidas. Cagaldabas se tranquilizó, respiró lo más profundamente que pudo, entrecerró los ojos como con maldad y dibujó aquella, su sonrisilla maligna. Ahora sí podía leerlo con claridad. Se dio la vuelta e intentó volver a empezar a leer lo que allí rezaba: Cuanto más profundamente respire el viajero, que más se aproveche del atado. Epoe.
Aquel joven atado era Astorcul, un joven que era tan bello, que sus mejores amigos decidieron atarlo desnudo con fuertes cadenas a un muro y cara a la pared en una de las casas abandonadas de aquella extraña plaza. Gritaba constantemente porque era lo que le habían enseñado. Durante los buenos tiempos en que allí vivió alguna que otra familia, las chicas visitaban a Astorcul con las peores intenciones y él se sentía como nunca, hasta quedársele cara de tonto. El viejo que también andaba por allí se escondía detrás de unos tablones para ver lo que hacían y también lo pasaba bien.
Pero en aquel momento, todo era diferente, no había nadie y Cagaldabas quería hacer uso de sus privilegios como lector e intérprete de viejas leyendas. Fue a toda prisa hacia los gritos y de pronto vio a Astorcul mostrando toda su belleza. Era imposible para Cagaldabas resistirse y utilizó de forma violenta todo su poder y superioridad numérica, en el momento que lo vio allí de espaldas y en aquellas circunstancias tan agradables para él, dijo con voz impaciente imitando a los supermachos: ¡No te resistas, somos más que tú y debemos aprovecharnos de tu situación!. A Astorcul se le quitó la cara de tonto de repente, pero Cagaldabas estaba ya demasiado cegado por tanto resplandor ante sus ojos. Allí ocurrió lo peor de todo y cuando todo acabó, Cagaldabas se sentó para recuperarse apoyado en la pared. Astorcul, permanecía atado como siempre, pero se le derramaban grandes lagrimones por todos sitios y en aquel momento de máxima relajación se escuchó unas carcajadas asquerosas que venían de unos tablones destrozados: Jua, ja, juas, jua, ¿dónde están los demás, Cagaldabas? Preguntó el viejo con la mirada perdida. Cagaldabas no sabía qué decir, estaba él sólo y el viejo lo sabía así que respondió: Sólo he hecho lo mejor para Astorcul, pero escupiré sobre mi propia boca y todo habrá pasado sin problemas. El viejo volvió a reír y dijo: Si te hubiera visto Epoe o Válgitor todo sería diferente, hubiera nombrado a alguien como al querubín para ti, Azcazán te daría lo tuyo…

Cagaldabas agradeciendo a Astorcul toda su bondad
CAPÍTULO II
La reyerta entre los viejos y Azcazán
El producto testicular era demasiado valioso para ellos. Los solían conservar en unas bolas especiales, justo después de extraerlo y tratarlo convenientemente. Una vez preparado, lo llamaban gapadas. Sólo las viejas y algunos sabios sabían hacerlo bien.
Los Galíminos, que era el verdadero nombre de la raza de los viejos, eran todos iguales si no fuera porque los diferenciaba su cara parecida a la de los viejos marinos del norte, eran toscos y daban bastante asco a los demás, pero jamás cambiaban sus costumbres. Cuando se veían, chocaban sus genitales a modo se saludo o agradecimiento y mostraban una corona natural que desplegaban por la cabeza cuando se sentían satisfechos. Cuanta más alegría les daba, más escozor se proporcionaban automáticamente, introduciéndose su garrote con un estilo propio.

El viejo y Sacalete, escociendo sus orificios mostrando gratitud y expulsando pus
El viejo se encontraba bien, pero la inflamación que obtuvo gracias al ataque de los kiascaclás atraía mucho a Azcazán y los suyos. Pestuo viajaba con Azcazán y sabía que pronto podrían disfrutar de las gapadas que guardaba Sacalete, la vieja. Todos sabían que el viejo tenía la lengua larga y pronto la vieja sabría lo que ocurrió con Cagaldabas y Astorcul en la plaza abandonada. A Sacalete le pareció bien y aprobó la actitud de Cagaldabas. También a ella le hubiera gustado ver la escena y el viejo se regodeaba sin complejos.
La vieja cojeaba del mismo pie que todas las viejas y Azcazán esperaba con paciencia a que ésta sacara sus gapadas. La estaban vigilando desde que el viejo habló con Azcazán, lo habían seguido y pudieron contemplar su encuentro con la vieja. A Pestuo se le ocurrieron detalles, empezó a salivar mucho y se le escaparon las sonrisillas con más de una intención cuando vio los genitales del viejo. Pero no sabía que éste los tenía envenenados y por eso nadie se los tocaba, a los viejos les gustaba mucho que les tocaran los genitales con toda la aspereza posible, pero el viejo, debido al veneno, se había vuelto virgen. Solamente los monos y los amantes podían hacerle algo, pero corrían un grave peligro, al mezclarse el producto testicular con la saliva del mono o el amante, éste se volvía de piedra y viceversa, lo cual, para el viejo, tenía sus ventajas.


Azcazán y Pestuo esperando a que se duerma el viejo, cegados por el olor de su producto testicular
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El viejo, mostrando toda su inflamación y su pequeño pilindín |
El viejo, momificando a un amante, mezclando salivas y venenos |